Número 11

Breve etnografía de una jungla sepia

Daniel Sanchez Aguila

Patricia es una chica a quien le gusta coleccionar cosas vintage. Ella siente que tiene un alma vieja y, en su interior, existe una melancolía por cosas que quizás nunca pasaron. ¿Recuerdos de vidas anteriores? Patricia también es amante de los gatos, pues son criaturas que encierran un aura de misterio y, al mismo tiempo, pueden tener poses y gestos muy kawaii. Quizás por eso adoptó una gatita, a la que llamó Melody, como la conejita que es amiga de Kitty (pues porque, obvio, ponerle Kitty a una gatita ya es demasiado trillado, además, así tenía oportunidad de usar un juego de palabras con ella cada vez que la acariciaba y abrazaba: “My Melody, My Melody” le susurraba con cariño).

A pesar de que las referencias a Hello Kitty implicaban una onda muy rosa, Patricia no era completamente “rosita”. Quizás por eso Raquel siempre bromeaba con ella diciéndole: “Ya, Patricia, tú también eres una de las Bratz, ¿qué le haces? Si eres bien fresa”. Y es que ahí se encontraba la tenue línea entre los gustos de Patricia y el mundo de las Bratz, las clásicas chicas populares de la preparatoria que exudaban glamour en cada uno de sus poros. O al menos eso declaró Rolando cuando cayó perdidamente enamorado de Gabrielle, una de las chicas de ese Pink army que robaba miradas. Rolando fue delatado en la clase de Literatura, cuando la profesora le confiscó una hoja de su libreta, en la cual había realizado un torpe boceto de una cuartilla:

¿Será glamour tu encanto,

oh, ángel mensajero,

que de tus poros al tacto

de una caricia soy tu limosnero?

La banda es la banda, y por algo el castre[1] no entiende de lógicas y argumentos. Por eso al grupo de amigas de Gabrielle (Gabriela en su acta de nacimiento, y “la Gabs” en el barrio) se les identificó como muñecas plásticas y superficiales, porque en esa jungla de ladrillos viejos donde el tiempo es prisionero, y a la que podemos llamar “Preparatoria General Número 5”, nadie prioriza ver más allá de las apariencias: castras o te castran. Es la ley de supervivencia del más fuerte. Por eso también solo bastó un verso mal formado, en un momento no indicado, para que todo el salón estallara en risas y automáticamente todas las Bratz “exudaran glamour de sus poros” (por ley asociativa con Gabrielle y los versos fallidos de un ahora desilusionado Rolando). Quizás por eso, cada vez que las Bratz pasaban por el pasillo donde la bola de gañanes más castrosa de la prepa se juntaba, para establecer la jerarquía de supervivencia de la cadena alimenticia adolescente (obviamente los castrosos en la cima, como reyes), no podía faltar la icónica “queg legangcia lau du frangcia” emitida por alguna voz anónima salida de lo profundo de la manada de leones hambrientos, con un forzado y exagerado acento francés.

La delgada línea entre el mundo de Patricia y el de las Bratz se encontraba en cómo se manejaba el aura rosa. Las Bratz, por ejemplo, dentro de sus posibilidades gustaban de estar a la moda, teniendo todo un ciclo de combinaciones en sus outfits acordes a las temporadas, como en los catálogos de Coppel o de los zapatos Price Shoes, las referencias por excelencia en las prácticas de consumo que los habitantes del barrio y zonas aledañas manejan. En cambio, Patricia gustaba más de una onda más retro, inspirada en la serie noventera de Daria que pasaba en MTV (“cuando sí pasaban música”, solía decir su hermano mayor, y con quien veía los episodios que aún no tumbaba el YouTube por derecho de copyright) pero, a diferencia de la protagonista, Patricia no se encontraba completamente separada de la moda; le gustaba ir al tianguis que todos los domingos se hacía presente entre las avenidas de Atoyac y Pluviosilla, cerca de los campos de fútbol llanero. Ahí Patricia podía encontrar ofertones chidos, como le repetía a Raquel, cuando el lunes en la primera hora libre le mostraba fotos en su celular de lo que había cazado en sus excursiones al tianguis.

Además, la prueba más contundente que siempre salía en defensa de Patricia ante las insinuaciones de Raquel, con respecto a la afinidad que podría tener con las Bratz, era precisamente esa sensación de alma vieja que la estremecía y fascinaba tanto, como el quedarse observando los atardeceres desde las azoteas de su casa, la prepa, el café del centro, el museo universitario a solo un viaje de Metrobús de distancia y, en general, de cualquier lugar donde pudiera quedarse a contemplar el fin del sol y el inevitable paso de la noche, cubriéndolo todo con su manto…

Quizás por eso, pensaba Patricia, ella tenía tanta fascinación por el Romanticismo del siglo XIX. Lo supo desde que en la secundaria leyó Frankenstein de Mary Shelley (¿cómo una mujer fue capaz de escribir algo tan maravilloso, en una época donde los hombres eran la voz predominante?). Lo supo cuando en la biblioteca leyó Los miserables de Victor Hugo, cuando conoció la existencia del steampunk, cuando se enteró del nevermore que un cuervo recitaba en la mente de un enloquecido Allan Poe, pero, sobre todo, cuando descubrió Les fleurs du mal como referencia que Iván García cantaba en “La cita”[2]:

Tengo familia

no tengo edad,

tengo una vida que me puedo quitar.

Tengo las flores del mal,

tengo amigos con quien brindar.

Tengo la luna en el cristal;

tengo a mi gato en el diván;

tengo una cita con Satán

pero por hoy puede esperar.

La música de Iván García y el Three cheers for sweet revenge de My Chemical Romance eran siempre el soundtrack de cabecera en esos días de prepa y el as bajo la manga para ganar y dar por finalizada la argumentación, ante Raquel, de por qué ella no tenía relación con las Bratz

Quizás por eso Patricia quedó sorprendida cuando en la explanada de rectoría de la universidad, en el festival de otoño que cada año la máxima casa de estudios de la ciudad celebraba a puertas abiertas para involucrar a toda la población, encontró a las Bratz que se camuflajeaban entre los gritos y saltos que toda la banda daba al compás de la presentación de Ivan García y los Yonkis, desgarrando sus gargantas y sacando todas las frustraciones de esta pinche vida al cantar con euforia:

Tengo familia

no tengo edad,

tengo una vida que me puedo quitar.

Tengo la biblia de Kerouac,

tengo amigos con quien brindar.

Tengo la luna en el cristal;

tengo una esfinge en el diván;

tengo una cita con San Pedro

pero por hoy puede esperar.

¿Acaso aquella línea divisoria que mantenía a salvo los universos de Patricia y las Bratz estaba colapsando? ¿Qué clase de desastre multiversal estaba sucediendo? ¿Patricia entonces era una Bratz no declarada? ¿o acaso las Bratz en realidad habían sido condenadas a cargar la lápida de “plásticas y superficiales” que los castrosos de la escuela les habían colocado? Y es que, a diferencia de las películas gringas, en esta ciudad color sepia, los gandallas[3] y castrosos siempre estaba por encima del resto, y “las populares” en realidad era una categoría empleada por los reyes de la prepa para desdibujar y reducir a las víctimas como una parodia de lo que Lindsay Lohan y compañía eran en Chicas pesadas.


[1] En el habla popular mexicana, implica molestar intensamente a alguien.

[2] “La cita” de Ivan García y los yonkis: https://www.youtube.com/watch?v=KhIwJYZzdgw

[3] Personas que abusan, que se aprovechan de alguien o se apropian de algo de manera astuta o malintencionada

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