Número 11

El anticristo y su maldición

Por Jorge Arvizu   

Todo se remonta al año 726 d. C. En una vieja iglesia, un cardenal llamado Amadeo abría las puertas a todos. Lo único que se sabía de Amadeo es que había llegado solo a esa iglesia con tan solo siete años de edad; no se sabía nada sobre sus padres.

A sus 45 años Amadeo recibió el puesto de cardenal y adoptó a un adolescente llamado Rufino. Rufino tenía en ese entonces 14 años y lo raro es que parecía que Amadeo conocía a Rufino desde el inicio, pero Rufino había llegado solo a ese pequeño pueblo, igual que Amadeo.

15 años después de la llegada de Rufino, un día como cualquier otro arribó al pueblo una hermosa mujer. Rufino se sintió verdaderamente atraído hacia ella, pero Amadeo no aceptó esa idea y, valiéndose de su poderoso lugar en la sociedad, ordenó que esta fuera desterrada. Rufino, muy enfadado, le dijo las siguientes palabras a Amadeo:

—Tú nunca serás mi padre, renunció a ser tu hijo adoptivo, ojalá y te mueras.

Su padre adoptivo lo abofeteó y lo encerró en el sótano de la iglesia.

Amadeo esperó a que llegara la noche y que todos estuvieran dormidos para bajar al sótano donde estaba Rufino. Allí, empezó a hablar en hebreo. Decía cosas extrañas y su cara comenzó a adquirir un aspecto horrible; parecía quemado. Le dijo a Rufino:

—Yo soy tu creador, tú eres mi hijo. Allá abajo me encomendaron una tarea, yo soy viejo, tengo 60 años, ya no puedo terminar con la tarea; tú la debes de terminar. Acaba con la religión; si no acabas con la religión, sufrirás.

Después de pronunciar esas palabras Amadeo murió y Rufino sintió un miedo terrible. Escapó de ahí como pudo. Huyó al desierto sin dejar rastro. Su plan era ir a las iglesias y predicar buenas reglas. Quería contar que había visto al mismísimo demonio, empujar a la fe a la gente, pero antes de poder cumplir con sus planes encontró tirada a la misma hermosa mujer de la que se había enamorado. Parecía estar descompensada, pero milagrosamente despertó. Sin embargo, parecía loca, quería atacar a Rufino.

Rufino, horrorizado, huyó a un pueblo cercano y comenzó a pensar y a pensar. El año en que había nacido Amadeo correspondía al número maldito; la mujer que amaba parecía loca y lo rechazaba porque ese era su castigo, su maldición, por no obedecer las reglas de Amadeo. Rufino sabía que sufriría, así que decidió ir a un pueblo donde había otro cardenal, reconocido por su gran inteligencia, para pedirle ayuda. Fueron 10 días de viaje y logró llegar al pueblo sano y salvo, pero al llegar se enteró de que el cardenal había sido asesinado brutalmente; no había rastro del supuesto asesino.

Rufino sabía que Amadeo era el responsable. Desesperanzado, huyó al bosque donde estalló en llanto y furia. Sus ojos se tiñeron de color rojo, parecía como si alguien más estuviera en su cuerpo. Sin salida alguna, y desesperado, decidió que lo mejor era quitarse la vida.

Tiempo después la historia de Amadeo y Rufino se hizo conocida, pero todo aquel que tuvo un lazo fuerte con ellos murió. 

No se sabe quién es el escritor de este relato, pues la carta en la que venía no tenía autor alguno. Lo único que se sabe es que la encontraron al lado del cuerpo de Rufino 

Número 11

Regalo de un caparazón

Por Argentum auriga

El sonido del mar era el mismo, pero todo lo demás había cambiado. Desde mis tres años y hasta los diecisiete, cada julio mis padres nos llevaban a mi hermano, primos y a mí a aquella bella pero solitaria playa, donde solo había rocas, cangrejitos, gaviotas, embarcaciones pequeñas utilizadas por los pescadores del lugar y el hostal donde nos hospedábamos. Después, mis planes y los de mi familia dejaron de ser los mismos y los viajes a aquel lugar terminaron. No sabía bien por qué había vuelto, ahora como un adulto. Tal vez quería sentirme seguro en un sitio que creía conocer y ahora desconocía. El mar se extendía frente a mí y por unos minutos quise creer que era eterno.

El hostal donde mi familia y yo solíamos hospedarnos había sido demolido y en su lugar había ahora un hotel; no estaba mal, solo me resultaba ajeno (eso sí, la gastronomía local aún era deliciosa). La playa, hace años casi escondida, actualmente era muy bulliciosa. Rememoré el verano de mis trece años como el más bello de mi vida. Fueron días de despertar antes de que saliera el sol, con la música de las olas, los graznidos de las gaviotas y los gritos de los pescadores que se preparaban para llevar sus barcas al mar, de desayunar junto a mis padres, primos y hermano en una mesa de madera simple, adornada con un mantel verde y un jarrón con rosas y, después de eso, de encaminarme alegre a la playa donde dibujaba animales en la arena, juntaba caracoles y lanzaba rocas al agua.

Un día, al buscar caracoles curiosos, me alejé de la playa y llegué hasta un sitio pantanoso por el que me adentré perdiendo la noción del tiempo. No encontré ningún caracol, pero vi a una criatura de gran tamaño moverse lentamente. Me acerqué y descubrí a una tortuga debajo de una barca demasiado deteriorada para ser útil. Quise verla de cerca y tocar su caparazón color pardo con peculiares dibujos rojos, pero justo cuando iba a tocar su piel rugosa y verde escuché un grito:

—¡No la toques!

Me di la vuelta y casi me caigo, pero la persona que había dado aquel grito de alerta me sujetó. Estaba vestido a la usanza de los pescadores del lugar.

—¿Por qué no la puedo tocar? —pregunté.

—Porque no es una tortuga normal, lleva muchos años viviendo aquí, mis padres, mis abuelos y sus abuelos la conocieron. Solo hay una tortuga así en esta playa, probablemente ya no pertenece a nuestro mundo y podría llevarnos al suyo si la molestamos. Por eso la respetamos mucho. Casi no se deja ver. No es como otros animales de la playa, pero cuando aparece, es para darnos algún regalo.

Me quedé intrigado. ¿Qué clase de regalos podía dar una tortuga? El pescador me ayudó a llegar a la zona de la playa donde mis primos, hermano y padres ya me estaban buscando. Le agradecí por contarme sobre la tortuga y me reuní con mi familia.

Faltaba poco para el anochecer, mis padres me pidieron no volver a alejarme tanto y me dispuse a disfrutar en silencio de mi cena, pero mis primos no dejaban de preguntarme acerca del lugar donde había estado. No les respondí porque tampoco estaba seguro de qué había ocurrido. Esa noche intenté dormir, pero pasé horas preguntándome por la tortuga y por los regalos que hacía a las personas de la playa ¿También me concedería un regalo?

Días después, mi familia y yo nos fuimos de ahí y sentí que la tortuga y su magia se habían olvidado de mí. Antes de dirigirnos al auto volví a encontrar al pescador que me había ayudado en mi encuentro con aquel ser.

—¿Te vas? —me preguntó y le respondí que sí, que estábamos de vacaciones—. Buen viaje —dijo.

Por alguna razón el regreso a casa me pareció triste. Los veranos de mis catorce, quince y dieciséis años volví a la playa, pero no encontré al pescador ni a la tortuga. En el verano de mis diecisiete años me enteré, por un mesero del hostal, que el pescador había muerto y aquella playa, tan querida, la sentí desolada.

Ahora me sentía perdido, enojado conmigo mismo por haber esperado un momento mágico que no llegó y, muy triste, confrontaba la ingenuidad de aquel momento. ¿Alguien en aquel hotel conocería la historia de la tortuga o pertenecía a las leyendas, a los libros de cuentos y a los dibujos animados del cine?

Salí del hotel aprovechando los últimos minutos del sol, me dirigí a la playa, miré la arena y me agaché para recoger un caracol de color rosado.

—Ese caracol es muy bonito, seguro hoy estás de suerte.

Levanté la mirada y vi a una hermosa joven sonreír. En su mano derecha llevaba un sombrero de palma y su mano izquierda se extendía hacia mí. Pensé que quería que le pasara el caracol y se lo di, pero se rio y se adentró en la arena para devolverlo al mar. Al regresar a mi lado sonrió de nuevo y señaló hacia una roca:

—Oye, ¿eso es una gran tortuga?

Miré hacia donde indicaba y, por un segundo, también creí ver una tortuga. Cuando nos acercamos mejor, no había nada, sin embargo, sentí ese momento como un regalo. La tortuga había demostrado su amor a esta playa una vez más.

Número 11

Amsiedad

Dante Vázquez M.

Paulina despertó sudando a las tres de la madrugada, había tenido un sueño que le causó un extraño susto. El aullido de los perros de la calle le erizó la piel. Volteó a ver a Francisco, su marido, y pensó en el día de la carrera de bicicletas en que se conocieron; a ambos les gusta el deporte. Paulina inhaló hondo y exhaló despacio, contando hasta siete, y le dio un
beso en la mejilla a Francisco. Cerró los ojos en medio de la penumbra y, a los pocos minutos, se volvió a dormir.


Paulina, desesperada, era la única que oía los gritos de dolor de Francisco, atrapado entre los fierros retorcidos de un automóvil blanco. El aire turbio y el aroma a gasolina nublaban la vista de Paulina, entre una muchedumbre de sombras que tiraban de ella. Tendemos a recrear en nuestra mente aquello que necesitamos. La ayuda que pedía Paulina se ahogaba en un fárrago de sonidos chirriantes.

***

—Cada persona tiene su luz —dijo Paulina, antes de disolverse en una taza de café. Tenía que darle la noticia a Francisco.

Francisco se sentó frente a ella. El ambiente olía a vainilla y a pan con mermelada de fresa. Paulina puso un sobre blanco sobre la mesa. Francisco, extrañado, sin preguntar, tomó el sobre y lo abrió como un niño que le quita la envoltura a un juguete nuevo. Bebió un leve sorbo de café y sonrió con la sonrisa de un campeón.


—Todo estará bien, Pao’ —dijo, acercándose a ella para abrazarla—. Hay noticias imprevistas que más que un accidente son un sueño. Daremos lo mejor en nuestra carrera como padres. Gracias.


Paulina tomó de la mano a Francisco y salieron a andar en bicicleta.

Número 11

¿Recuerdas cuando te propuse matrimonio?

Yesenia Antonio López

Llevábamos un tiempo alejados debido a mis compromisos laborales. Tú te quedaste en nuestra ciudad de origen esperando, pero, siendo sinceros, el tiempo y la distancia comenzaban a pasarnos la factura. Ambos nos preguntábamos si podríamos continuar con esa situación.

Esa noche estrellada de octubre tuvimos una discusión muy fuerte. Me dijiste que sentías que ya no me importabas y que lo mejor era que cada quien siguiera con su camino. Cuando me dijiste esas palabras mi corazón quedó totalmente roto. Colgamos la llamada muy alterados.

Observé tu fotografía y con lágrimas en los ojos recordé los momentos que habíamos pasado juntos. Yo quería estar contigo para siempre, así que tomé un baño, me puse mi mejor traje, la colonia que tanto te gusta y salí del departamento rumbo a mi coche. La gente me veía pasar apresurado hacia mi destino.

Maneje al límite de velocidad por la urgencia de llegar a tu lado. Cuando llegué a tu casa toqué el timbre y, mientras esperaba, pude percibir los aromas que salían de tu cocina. Cuando saliste te quedaste sorprendida de verme; lucías maravillosa con ese pijama color rosa pastel y ese chongo desenfadado que te habías hecho.

Me hinqué y te propuse matrimonio. Tú me llamaste loco y te reíste, hasta que te percataste de que estaba hablando en serio. Entonces, te pusiste a llorar. Me dijiste que no podías creerlo, que hace unas horas estábamos rompiendo a través de una llamada. Me observaste y preguntaste:

—¿Por qué quieres hacerlo?

—Porque te amo y no puedo vivir sin ti.

—Pero, ¿cómo es posible? Hace apenas unas horas estábamos dando por terminada la relación. Pensé que estabas decidido a abandonarme. No veía un interés de tu parte, me sentí muy sola.

—Entiendo que fue error mío el no haber demostrado más interés en ti. Di por hecho que estarías siempre esperándome, sin importar el tiempo que pasara. Acepto que fui egoísta al esperar todo de ti sin dar nada a cambio y sé que nada de lo que diga cambiará el pasado y las acciones que realicé, pero de verdad te amo con todo mi corazón.

—Como bien dices, nada de lo que digas cambiará lo que hiciste. Entonces, dime, ¿por qué debería de aceptar casarme contigo?, ¿quién dice que el día de mañana no sucederá lo mismo?, ¿por qué vale la pena darnos una nueva oportunidad y tener un compromiso más formal?

Me quedé sin palabras, la firmeza con la que hablabas me hizo sentir mucha angustia. Por segunda vez en el día sentí el terror de perderte para siempre y, sin pensarlo, las palabras salieron de mi boca.

—Porque eres la mujer con la que quiero estar el resto de mis días. Cada que pienso en ti, tu solo recuerdo me transporta a la felicidad, a saberme amado y a estar en paz. No puedo dejarte ir cuando me haces el hombre más feliz del mundo. He cometido muchos errores y te pido perdón por ellos; no quiero pasar el resto de mis días pensando que te perdí por no haber sabido afrontar la situación y corregir mis malas decisiones. Prometo poner todo de mi parte para hacerte feliz y que toda tu vida te sientas segura conmigo. Me comprometo a ser mejor persona, pareja y amigo de lo que he sido, me esforzaré para lograrlo. Por favor, dame una nueva oportunidad. La decisión de proponerte matrimonio no es un arrebato de locura. Tal vez la situación me hizo apresurarme, no te lo voy a negar, pero de algo estoy seguro: quiero que te cases conmigo; quiero despertar a tu lado todas las mañanas para poder ver esos pijamas de colores bonitos y esos peinados desenfadados que sueles hacerte cuando estás en casa. Quiero compartir nuevas experiencias contigo, que crezcamos juntos, que nos apoyemos y busquemos el camino hacia nuestras metas personales y nuestras metas en común.

Te quedaste en silencio, me miraste y en tus ojos húmedos pude notar que estabas feliz. Me abrazaste y me dijiste que sí, que sí querías casarte conmigo. Tus labios lucían tan lindos que no pude resistirme a besarlos. Después de ese día nos sumergimos en una espiral de locura decidiendo cómo y dónde casarnos. La boda fue sencilla pero realmente hermosa; estuvimos rodeados de nuestros seres queridos y, sobre todo, los dos estuvimos muy felices.

Con los años llegaron nuestros hijos, los cuales fueron un parte aguas para volver a encontrarnos como pareja y, ahora, como padres. No me arrepiento de nada de lo que tuvimos que pasar y hacer para estar juntos; puede que no seamos perfectos, pero en ese ir y venir de acuerdos y desacuerdos podemos estar seguros de que nos seguimos eligiendo cada día, entre todas las personas, para seguir amándonos.

Si la vida no es un cuento de hadas, la vida que tengo contigo se le parece mucho, ya que eres, con nuestra familia, el mejor regalo que pude tener. Y en las noches llenas de estrellas es cuando más me gusta recordar esta anécdota de nuestra vida.

Número 11

Breve etnografía de una jungla sepia

Daniel Sanchez Aguila

Patricia es una chica a quien le gusta coleccionar cosas vintage. Ella siente que tiene un alma vieja y, en su interior, existe una melancolía por cosas que quizás nunca pasaron. ¿Recuerdos de vidas anteriores? Patricia también es amante de los gatos, pues son criaturas que encierran un aura de misterio y, al mismo tiempo, pueden tener poses y gestos muy kawaii. Quizás por eso adoptó una gatita, a la que llamó Melody, como la conejita que es amiga de Kitty (pues porque, obvio, ponerle Kitty a una gatita ya es demasiado trillado, además, así tenía oportunidad de usar un juego de palabras con ella cada vez que la acariciaba y abrazaba: “My Melody, My Melody” le susurraba con cariño).

A pesar de que las referencias a Hello Kitty implicaban una onda muy rosa, Patricia no era completamente “rosita”. Quizás por eso Raquel siempre bromeaba con ella diciéndole: “Ya, Patricia, tú también eres una de las Bratz, ¿qué le haces? Si eres bien fresa”. Y es que ahí se encontraba la tenue línea entre los gustos de Patricia y el mundo de las Bratz, las clásicas chicas populares de la preparatoria que exudaban glamour en cada uno de sus poros. O al menos eso declaró Rolando cuando cayó perdidamente enamorado de Gabrielle, una de las chicas de ese Pink army que robaba miradas. Rolando fue delatado en la clase de Literatura, cuando la profesora le confiscó una hoja de su libreta, en la cual había realizado un torpe boceto de una cuartilla:

¿Será glamour tu encanto,

oh, ángel mensajero,

que de tus poros al tacto

de una caricia soy tu limosnero?

La banda es la banda, y por algo el castre[1] no entiende de lógicas y argumentos. Por eso al grupo de amigas de Gabrielle (Gabriela en su acta de nacimiento, y “la Gabs” en el barrio) se les identificó como muñecas plásticas y superficiales, porque en esa jungla de ladrillos viejos donde el tiempo es prisionero, y a la que podemos llamar “Preparatoria General Número 5”, nadie prioriza ver más allá de las apariencias: castras o te castran. Es la ley de supervivencia del más fuerte. Por eso también solo bastó un verso mal formado, en un momento no indicado, para que todo el salón estallara en risas y automáticamente todas las Bratz “exudaran glamour de sus poros” (por ley asociativa con Gabrielle y los versos fallidos de un ahora desilusionado Rolando). Quizás por eso, cada vez que las Bratz pasaban por el pasillo donde la bola de gañanes más castrosa de la prepa se juntaba, para establecer la jerarquía de supervivencia de la cadena alimenticia adolescente (obviamente los castrosos en la cima, como reyes), no podía faltar la icónica “queg legangcia lau du frangcia” emitida por alguna voz anónima salida de lo profundo de la manada de leones hambrientos, con un forzado y exagerado acento francés.

La delgada línea entre el mundo de Patricia y el de las Bratz se encontraba en cómo se manejaba el aura rosa. Las Bratz, por ejemplo, dentro de sus posibilidades gustaban de estar a la moda, teniendo todo un ciclo de combinaciones en sus outfits acordes a las temporadas, como en los catálogos de Coppel o de los zapatos Price Shoes, las referencias por excelencia en las prácticas de consumo que los habitantes del barrio y zonas aledañas manejan. En cambio, Patricia gustaba más de una onda más retro, inspirada en la serie noventera de Daria que pasaba en MTV (“cuando sí pasaban música”, solía decir su hermano mayor, y con quien veía los episodios que aún no tumbaba el YouTube por derecho de copyright) pero, a diferencia de la protagonista, Patricia no se encontraba completamente separada de la moda; le gustaba ir al tianguis que todos los domingos se hacía presente entre las avenidas de Atoyac y Pluviosilla, cerca de los campos de fútbol llanero. Ahí Patricia podía encontrar ofertones chidos, como le repetía a Raquel, cuando el lunes en la primera hora libre le mostraba fotos en su celular de lo que había cazado en sus excursiones al tianguis.

Además, la prueba más contundente que siempre salía en defensa de Patricia ante las insinuaciones de Raquel, con respecto a la afinidad que podría tener con las Bratz, era precisamente esa sensación de alma vieja que la estremecía y fascinaba tanto, como el quedarse observando los atardeceres desde las azoteas de su casa, la prepa, el café del centro, el museo universitario a solo un viaje de Metrobús de distancia y, en general, de cualquier lugar donde pudiera quedarse a contemplar el fin del sol y el inevitable paso de la noche, cubriéndolo todo con su manto…

Quizás por eso, pensaba Patricia, ella tenía tanta fascinación por el Romanticismo del siglo XIX. Lo supo desde que en la secundaria leyó Frankenstein de Mary Shelley (¿cómo una mujer fue capaz de escribir algo tan maravilloso, en una época donde los hombres eran la voz predominante?). Lo supo cuando en la biblioteca leyó Los miserables de Victor Hugo, cuando conoció la existencia del steampunk, cuando se enteró del nevermore que un cuervo recitaba en la mente de un enloquecido Allan Poe, pero, sobre todo, cuando descubrió Les fleurs du mal como referencia que Iván García cantaba en “La cita”[2]:

Tengo familia

no tengo edad,

tengo una vida que me puedo quitar.

Tengo las flores del mal,

tengo amigos con quien brindar.

Tengo la luna en el cristal;

tengo a mi gato en el diván;

tengo una cita con Satán

pero por hoy puede esperar.

La música de Iván García y el Three cheers for sweet revenge de My Chemical Romance eran siempre el soundtrack de cabecera en esos días de prepa y el as bajo la manga para ganar y dar por finalizada la argumentación, ante Raquel, de por qué ella no tenía relación con las Bratz

Quizás por eso Patricia quedó sorprendida cuando en la explanada de rectoría de la universidad, en el festival de otoño que cada año la máxima casa de estudios de la ciudad celebraba a puertas abiertas para involucrar a toda la población, encontró a las Bratz que se camuflajeaban entre los gritos y saltos que toda la banda daba al compás de la presentación de Ivan García y los Yonkis, desgarrando sus gargantas y sacando todas las frustraciones de esta pinche vida al cantar con euforia:

Tengo familia

no tengo edad,

tengo una vida que me puedo quitar.

Tengo la biblia de Kerouac,

tengo amigos con quien brindar.

Tengo la luna en el cristal;

tengo una esfinge en el diván;

tengo una cita con San Pedro

pero por hoy puede esperar.

¿Acaso aquella línea divisoria que mantenía a salvo los universos de Patricia y las Bratz estaba colapsando? ¿Qué clase de desastre multiversal estaba sucediendo? ¿Patricia entonces era una Bratz no declarada? ¿o acaso las Bratz en realidad habían sido condenadas a cargar la lápida de “plásticas y superficiales” que los castrosos de la escuela les habían colocado? Y es que, a diferencia de las películas gringas, en esta ciudad color sepia, los gandallas[3] y castrosos siempre estaba por encima del resto, y “las populares” en realidad era una categoría empleada por los reyes de la prepa para desdibujar y reducir a las víctimas como una parodia de lo que Lindsay Lohan y compañía eran en Chicas pesadas.


[1] En el habla popular mexicana, implica molestar intensamente a alguien.

[2] “La cita” de Ivan García y los yonkis: https://www.youtube.com/watch?v=KhIwJYZzdgw

[3] Personas que abusan, que se aprovechan de alguien o se apropian de algo de manera astuta o malintencionada

Número 11

10

Por Carolina Sharon Valle Jiménez

1.

El último día que lo vi, el que sería el mejor día de mi vida, fue el día en que morí.

2.

Me había pedido que nos reuniéramos en la noche, en la entrada de aquel gran hotel, para cenar. Llegué a la hora y él ya me estaba esperando en el restaurante.

Me sentía mágica, el hotel parecía un palacio: enorme, antiguo, majestuoso, se respiraba un aire de realeza, casi avasallador, casi como él.

3.

Habíamos discutido una vez más en la mañana. Se enojó porque quise llegar sola. Sus dudas sobre si le era infiel volvieron a salir y yo volví a quedarme callada; estaba tan cansada de pelear, me sentía tan chiquita, tan desprotegida. Cada palabra era un golpe mucho más fuerte que los que a veces me impactaban la piel desde su puño. Quería terminar esta historia, verdaderamente lo anhelaba, pero él era tan generoso. ¿Cómo dejarlo después de que pagó la operación de mamá? ¿Cómo dejarlo si él es todo un hombre y yo apenas soy nada? ¿Quién se fijaría en mí? Como él me decía, ¿de dónde obtendría todo lo que necesito sin él a mi lado? Mi familia y mis amigos lo adoraban… Ellos no sabían que él era la razón de mi llanto todas las noches. No tenía escapatoria, no podía huir de él.

4.

Hoy quise llegar sola a la cena. Él me había dicho días que sería una velada inolvidable y que me arreglara y me pusiera algo lindo para verme un poco más decente y a la altura del lugar a donde iríamos. Me quise dar un gusto y me compré un vestido de noche verde, su color favorito. Me sentía bonita, casi nunca tenía esa sensación y ese día la estaba experimentando. Me sentía incluso feliz… casi.

5.

La cena fue extraordinaria. La iluminación en el restaurante me hacía pensar en el cielo nocturno lleno de estrellas. Fue una de las pocas veces en que platicamos amenamente sin que nada lo irritara. La sonrisa en mi rostro sí era sincera en ese momento.

Llegamos al postre. Él pidió una botella de champagne para brindar.

6.

Usó la fórmula clásica: tomé mi copa y al fondo, en medio de un mar burbujeante, un anillo carísimo estaba esperando ser reconocido. Lo miré. Él no se arrodilló, pero sí me pidió que me casara con él.

Otra vez las dudas, otra vez el dolor y otra vez mi almohada mojada cada noche por mis lágrimas. Pasó un segundo, que fue un siglo, y pronuncié un “sí” apenas audible. Nuestro compromiso estaba firmado. Sentí que usé mi sangre como tinta.

Todo el personal empezó a vitorear y a aplaudir, nos felicitaban. Al menos mi futuro estaría asegurado y las próximas operaciones de mamá también. Renunciaba a mi felicidad por ella, era un trato justo, supongo.

7.

Hora de pagar. El mesero acercó la terminal a la mesa, la tarjeta estaba tardando mucho en ser aceptada. A él le llegó una llamada y se levantó para contestar. Silencio.

—El sistema no está funcionando muy bien esta noche, señorita, siento la demora —me dijo, visiblemente nervioso. Era casi un niño, no pasaría los 20 años.

—¿Y cuándo sí ha funcionado el sistema? —pregunté y me eché a reír.

Sentía que en el momento en que saliéramos del hotel sería de él para siempre, me había prohibido tantas cosas que tenía la urgencia de hacer todo lo que yo quisiera antes de perder hasta mi voz.

El mesero entendió muy bien mi pequeña broma y se rio conmigo. Me miró a los ojos y me dedicó una mirada muy cálida. Casi lloro de dolor. El ticket salió de la terminal.

—¿YA? —él había regresado y estaba sumamente enfadado. Su cara estaba roja y tenía los puños encrespados.

Le arrebató la tarjeta al mesero, me jaló del brazo mientras me hundía sus dedos en la piel y me arrastró afuera del lugar.

8.

Comenzaron los gritos. ¿Cómo me atrevía a coquetear con el mesero cuando recién me había comprometido con él?

El verdadero enemigo estaba enfrente de mí y yo estaba entre sus garras.

9.

Su saliva golpeaba mi rostro.

Cerré los ojos.

Sus manos golpeaban mi cuerpo.

Contuve la respiración.

Sus pies abrían mi carne.

Comencé a llorar.

Mi sangre lo empezó a inundar todo.

Eran mil huracanes impactándome al mismo tiempo.

Aunque hubiera una enfermería justo al lado, sabía que no llegaría a tiempo.

10.

La paz que encontré en la negrura me reconfortó al instante.

Él, sin embargo, sigue prófugo.

Número 9

EL PUENTE

Dante Vázquez – Escritor

—¿Cuántos cuerpos humanos son necesarios para construir el puente? —preguntó serio el ingeniero Castillo. 

—Un millón. Pero ¡vamos! Quite esa cara de angustia: todo gran proyecto requiere sacrificio. Además le será recompensado —respondió el hombre de traje azul marino y sonrisa siniestra.

El ingeniero Castillo llegó a su despacho, se quitó su saco gris oxford, aflojó el nudo de su corbata, tomó el teléfono e hizo algunas llamadas. Entre llamada y llamada removía el sudor de su turbado rostro y de sus manos temblorosas. Al final su escritorio se transformó en un pequeño cementerio de pañuelos desechables. A la mayoría de sus contactos en el gobierno les pareció inaudita su petición: exhumar cadáveres de panteones, extraerlos de fosas clandestinas o sacarlos de morgues de la ciudad. Incluso del país entero si era necesario. Para posibilitar la creación de un nuevo camino, bien y mal deben encontrarse en la relación opuesta existente entre ellos; trascenderse en comunión, en un reconocimiento propio desde el Otro. Con cierta renuencia algunos accedieron a prestarle ayuda en tal acción, así que también recurrió al ámbito criminal. La obra tenía que ser terminada a como diera lugar, de ella dependía el mejoramiento de una de las zonas más pobres a nivel nacional.

Durante siete años hubo miles de desapariciones humanas en la patria mexicana. En los noticieros nacionales se habló de secuestros, asesinatos, tráfico de órganos… y en el lugar de la construcción ocurrieron cientos y cientos de accidentes. Fue un periodo sangriento.

—Un cuerpo es el que falta, ingeniero Castillo. Uno, y el más especial —dijo el hombre de mirada penetrante y oscura—. Cerrar las puertas del Infierno requiere del más hermoso gesto de valentía. El Otro es un puente hacia el exterior de uno mismo. Piense en sus hijas y en su esposa: ellas le dieron motivos para ser lo que ahora es. Y a partir de ellas usted se piensa y se vive distinto a los demás.

El ingeniero Castillo se llevó las manos a la cara antes de abrir la puerta de su hogar. En un sillón de piel negra dejó su saco beige y su portafolios de aluminio.

—¡Llegaste temprano, papi! —escuchó—. Ven a cenar con nosotros al comedor. Mamá hizo pollo adobado, ensalada de manzana y espagueti blanco para celebrar el cumple’ de Naty’.

—Sí, Aranza, voy —respondió suave el ingeniero Castillo.

Trago saliva, sus ojos se humedecieron y se dirigió a la cocina.

El puente vehicular a la región de La Montaña en el estado de Guerrero, al sur de México, fue inaugurado con éxito. Y dicen que cada 21 de noviembre un hombre vestido de traje negro camina a lo largo del puente mientras fuma un cigarrillo.

Número 9

EL ACOSADOR

Tétrico delfín – Escritor

Caminaba por las desiertas calles de la ciudad rumbo a su casa a altas horas de la noche porque el transporte público ya no pasaba a esa hora. El pésimo alumbrado de la calle no le permitía ver a la distancia (las desgracias de vivir en una zona tan pobre); por suerte ya se sabía el camino. De repente, al otro lado, apareció un sujeto, o eso parecía ya que casi no se veía nada; nada más que su enorme gabardina y su sombrero, ¿Quién rayos usa sombrero en la noche?

            Eso le dio miedo; eso y el hecho de que parecía mirarla y empezaba a seguirla. No podía apurar el paso por los estúpidos tacones (¡Maldita política de la empresa!). Por suerte ya sólo estaba a un par de calles de su casa. Dobló la esquina con esperanza de perderlo, pero escuchó como alguien corrió hacia ella. Quiso correr, sin embargo, una mano la sujetó y sintió una cara recargándose sobre su rostro: “Hola preciosa, luces encantadora”, le dijo una voz burlona susurrándole al oído. Tras decirle eso, la lengua del sujeto descendió por su cuello enrollándoselo: “¡Imposible que existiera alguien con una lengua tan larga y flexible!”, pensó.

            Se dio la media vuelta con el corazón en la garganta. No había nadie. ¡Al demonio la elegancia! Tiró los tacones y corrió despavorida hasta su casa. Vivía sola, pero por suerte en la entrada de su hogar había un farol que alumbraba la puerta. Estaba a punto de llegar cuando de las sombras salió a la luz el hombre de la gabardina; ésta le cubría todo el cuerpo –incluyendo las manos- y el sombrero le tapaba la cara completamente. El tipo dijo en voz alta: “¿No quieres pasar por un trago?”.

            Se desmayó del miedo. Al amanecer encontraron su cadáver desnudo y bañado en una especie de baba verde en mitad de la calle envuelto en una gabardina con un sombrero en la cabeza. Era el veinteavo caso del mes.

Reseña del autor: Profesor de Literatura, amante del terror y la ciencia ficción. Gusta de escribir pero no más que de leer. Ha participado en varias ponencias de literatura y tiene diversos textos publicados, cuentos y ensayos principalmente.