Número 11

¿Recuerdas cuando te propuse matrimonio?

Yesenia Antonio López

Llevábamos un tiempo alejados debido a mis compromisos laborales. Tú te quedaste en nuestra ciudad de origen esperando, pero, siendo sinceros, el tiempo y la distancia comenzaban a pasarnos la factura. Ambos nos preguntábamos si podríamos continuar con esa situación.

Esa noche estrellada de octubre tuvimos una discusión muy fuerte. Me dijiste que sentías que ya no me importabas y que lo mejor era que cada quien siguiera con su camino. Cuando me dijiste esas palabras mi corazón quedó totalmente roto. Colgamos la llamada muy alterados.

Observé tu fotografía y con lágrimas en los ojos recordé los momentos que habíamos pasado juntos. Yo quería estar contigo para siempre, así que tomé un baño, me puse mi mejor traje, la colonia que tanto te gusta y salí del departamento rumbo a mi coche. La gente me veía pasar apresurado hacia mi destino.

Maneje al límite de velocidad por la urgencia de llegar a tu lado. Cuando llegué a tu casa toqué el timbre y, mientras esperaba, pude percibir los aromas que salían de tu cocina. Cuando saliste te quedaste sorprendida de verme; lucías maravillosa con ese pijama color rosa pastel y ese chongo desenfadado que te habías hecho.

Me hinqué y te propuse matrimonio. Tú me llamaste loco y te reíste, hasta que te percataste de que estaba hablando en serio. Entonces, te pusiste a llorar. Me dijiste que no podías creerlo, que hace unas horas estábamos rompiendo a través de una llamada. Me observaste y preguntaste:

—¿Por qué quieres hacerlo?

—Porque te amo y no puedo vivir sin ti.

—Pero, ¿cómo es posible? Hace apenas unas horas estábamos dando por terminada la relación. Pensé que estabas decidido a abandonarme. No veía un interés de tu parte, me sentí muy sola.

—Entiendo que fue error mío el no haber demostrado más interés en ti. Di por hecho que estarías siempre esperándome, sin importar el tiempo que pasara. Acepto que fui egoísta al esperar todo de ti sin dar nada a cambio y sé que nada de lo que diga cambiará el pasado y las acciones que realicé, pero de verdad te amo con todo mi corazón.

—Como bien dices, nada de lo que digas cambiará lo que hiciste. Entonces, dime, ¿por qué debería de aceptar casarme contigo?, ¿quién dice que el día de mañana no sucederá lo mismo?, ¿por qué vale la pena darnos una nueva oportunidad y tener un compromiso más formal?

Me quedé sin palabras, la firmeza con la que hablabas me hizo sentir mucha angustia. Por segunda vez en el día sentí el terror de perderte para siempre y, sin pensarlo, las palabras salieron de mi boca.

—Porque eres la mujer con la que quiero estar el resto de mis días. Cada que pienso en ti, tu solo recuerdo me transporta a la felicidad, a saberme amado y a estar en paz. No puedo dejarte ir cuando me haces el hombre más feliz del mundo. He cometido muchos errores y te pido perdón por ellos; no quiero pasar el resto de mis días pensando que te perdí por no haber sabido afrontar la situación y corregir mis malas decisiones. Prometo poner todo de mi parte para hacerte feliz y que toda tu vida te sientas segura conmigo. Me comprometo a ser mejor persona, pareja y amigo de lo que he sido, me esforzaré para lograrlo. Por favor, dame una nueva oportunidad. La decisión de proponerte matrimonio no es un arrebato de locura. Tal vez la situación me hizo apresurarme, no te lo voy a negar, pero de algo estoy seguro: quiero que te cases conmigo; quiero despertar a tu lado todas las mañanas para poder ver esos pijamas de colores bonitos y esos peinados desenfadados que sueles hacerte cuando estás en casa. Quiero compartir nuevas experiencias contigo, que crezcamos juntos, que nos apoyemos y busquemos el camino hacia nuestras metas personales y nuestras metas en común.

Te quedaste en silencio, me miraste y en tus ojos húmedos pude notar que estabas feliz. Me abrazaste y me dijiste que sí, que sí querías casarte conmigo. Tus labios lucían tan lindos que no pude resistirme a besarlos. Después de ese día nos sumergimos en una espiral de locura decidiendo cómo y dónde casarnos. La boda fue sencilla pero realmente hermosa; estuvimos rodeados de nuestros seres queridos y, sobre todo, los dos estuvimos muy felices.

Con los años llegaron nuestros hijos, los cuales fueron un parte aguas para volver a encontrarnos como pareja y, ahora, como padres. No me arrepiento de nada de lo que tuvimos que pasar y hacer para estar juntos; puede que no seamos perfectos, pero en ese ir y venir de acuerdos y desacuerdos podemos estar seguros de que nos seguimos eligiendo cada día, entre todas las personas, para seguir amándonos.

Si la vida no es un cuento de hadas, la vida que tengo contigo se le parece mucho, ya que eres, con nuestra familia, el mejor regalo que pude tener. Y en las noches llenas de estrellas es cuando más me gusta recordar esta anécdota de nuestra vida.

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